
En una reveladora y profunda entrevista con Pluralidad Z, Sandra Chindoy, una de las voces emergentes más potentes del Pacto Histórico, desgranó el camino de lucha y superación que la ha llevado a postular su nombre como precandidata al Senado de la República.
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Originaria del pueblo indígena Kamëntšá del Putumayo, su candidatura no es solo una aspiración personal, sino la materialización de una vida dedicada a la defensa de los derechos humanos y las causas colectivas. Con la mirada puesta en convertirse en la primera senadora en la historia de su departamento, Chindoy se presentará a las elecciones internas de la coalición de gobierno el próximo 26 de octubre, identificada con el número 140 en el tarjetón.

Sandra Chindoy, precandidata al Senado, revela cómo fue su infancia
La narrativa de Sandra Chindoy se ancla en la vereda Machindinoy, municipio de Sibundoy, Putumayo, un territorio donde la belleza del paisaje contrastaba con la crudeza de la realidad social. Su infancia, como ella misma la describe, estuvo profundamente marcada por el recrudecimiento de una violencia multifactorial que se traducía, inevitablemente, en una pobreza asfixiante. «Mi infancia, digamos, es bien interesante. Porque recuerdo en ese momento hubo un recrudecimiento de la violencia en el Putumayo que se refleja con pobreza», explica.
No se trataba de un conflicto lejano, sino de una amenaza palpable y cotidiana. «Habían paros de guerrillas, de paramilitares, había lo que se denominaba la limpieza social donde, pues, solo uno escuchaba las balas en la noche y al otro día ya la noticia de algunos cuerpos de compañeros y compañeras que aparecían por allí».
Este entorno hostil imponía un estado de sitio económico para las familias más humildes. Su madre, una dedicada artesana, y su padre, un agricultor que trabajaba como jornalero, luchaban día a día por el sustento. La escasez era una constante. «Lo que viví fue desde muy pequeña esa la desigualdad, el no tener que comer o que mi mamá nos enviaba a la tienda a pedir fiado, pues el arroz, las papas, las lentejas», confiesa con una honestidad que desarma.
Esta situación la empujó a asumir responsabilidades impropias de su edad. Con apenas nueve o diez años, Sandra ya era una trabajadora. Sus manos infantiles aprendieron a tejer las artesanías de su cultura y a labrar la tierra en los jornales de siembra de fríjol y maíz, no como una opción, sino como una necesidad imperiosa para que su familia pudiera comer. «Eso hizo que, pues, desde muy pequeña de alguna manera creo que esas situaciones a uno lo van volviendo independiente», reflexiona.
La calle también fue su escuela. En uno de los relatos más vívidos de su niñez, recuerda cómo junto a su hermano menor, Jaime, salía a vender las hortalizas que su madre cultivaba. «Yo vendía repollo, cilantro que sembraba mi mamá, vendíamos en la plaza de mercado y vamos con mi hermano menor a las calles a venderlo».
En una de esas jornadas, en su inocencia, ingresaron a un edificio que resultó ser la Fiscalía. «Íbamos así con el costal de repollo pequeñitos, pero de muy buena calidad y nos entramos hasta la fiscalía. No sabíamos que allí, en la instalación en la casa que nos habíamos metido era la fiscalía». Un vigilante los sacó, pero en un gesto de humanidad, intercedió por ellos. «Él muy amable y dijo, ‘Pero bueno, vamos a ayudarles a estos niños’. Y a las secretarias que estaban ahí, ‘¿quién quiere comprar repollos?’». No les permitieron vender adentro, pero sí afuera, logrando su objetivo del día.
Para Sandra Chindoy, este episodio no es una simple anécdota. «Todas esas situaciones de vulnerabilidad, pues a mí me llevaron a tomar decisiones y a empoderarme y a formarme como lideresa social. Creo que eso es lo que ha trazado mi vida».

El legado de una madre líder en una vereda estigmatizada
Si la adversidad forjó su carácter, la inspiración tuvo un nombre propio: su madre. A pesar de que en su hogar «a veces casi que no había comida», ella nunca abandonó su rol como líder comunitaria.
Fue presidenta de la Junta de Acción Comunal de Machindinoy, una vereda estigmatizada y marginada, conocida popularmente como «la vereda de los chicheros y ladrones» por su pobreza y el abandono estatal.
Lejos de amilanarse por el estigma o por sus propias carencias, su madre personificó la lucha por la dignidad colectiva. «Ella no dejaba de hacer gestiones, por ejemplo, en la alcaldía para que el alcalde les donara volquetas de arena para hacer las mingas y arreglar las vías, o no dejaba nunca de hacer gestiones ante la empresa de energía para el tema del alumbrado público».
Este ejemplo indeleble le enseñó a Sandra una de las lecciones más importantes de su vida. «Uno tiene que luchar por las causas colectivas».
Fue su madre quien, al no tener con quién dejar a sus siete hijos, la llevó desde muy pequeña a las asambleas del Cabildo Kamentsá. Eran reuniones maratónicas, «ladrilludas de 8 horas», donde se debatían temas áridos como la seguridad jurídica del territorio o la administración financiera del resguardo. Al principio, la motivación infantil era simple. «Al inicio obviamente uno solo iba por como por el almuerzo y el refrigerio», admite.
Pero la disciplina de su madre era férrea. «Así sea una reunión donde hablaban temas esos que te digo, de administrativos, financieros, jurídicos, que nosotros no podíamos irnos a jugar, lo que ella hacía era regañarnos, mejor dicho y teníamos que quedarnos sentados en una silla escuchando».
Lo que comenzó como una obligación tediosa, donde se dormía en la silla, se transformó gradualmente en una fascinación. Esas discusiones, esas decisiones que afectaban el futuro de su gente, empezaron a resonar en ella. Sin darse cuenta, estaba recibiendo una formación política de primera mano en el corazón de su comunidad.

Sandra Chindoy: del activismo digital a la conquista de la educación
La adolescencia de Sandra Chindoy fue el escenario de su despertar como activista. Su participación en el cabildo pasó de ser pasiva a proactiva. Ayudaba a repartir refrigerios, a tomar listados de asistencia y, más adelante, a redactar actas. Pero fue la llegada de las redes sociales lo que le proporcionó una plataforma para canalizar su espíritu crítico. A través de su perfil de Facebook, comenzó a «tirar pullas», a señalar las injusticias y los problemas que corroían el tejido social de su comunidad.
Su voz digital fue disruptiva. Habló de temas tabú, de asuntos que se discutían en voz baja pero que pocos se atrevían a denunciar públicamente. «Empecé a hablar del machismo, empecé a hablar del alcoholismo, ¿no? Digamos como el alcoholismo pues afectaba a tantas familias, la violencia intrafamiliar que yo la viví y pues yo decía, ‘porque las autoridades indígenas no hacen nada’».
Esta práctica, según explica, no es común en las comunidades. «La denuncia es una de las cosas menos visibles o que tienen menos fuerza». Su audacia le generó al principio cierto «malestar» entre algunos, pero su persistencia y la veracidad de sus señalamientos terminaron por granjearle el respeto y el respaldo de las autoridades tradicionales.
Mientras su liderazgo comunitario florecía, su futuro académico era incierto. La pobreza tiene un efecto paralizante sobre los sueños. «Cuando terminé el bachillerato, por la misma situación económica, la verdad, yo no tenía ningún sueño de entrar a la universidad», confiesa. «Uno ya ni siquiera se esfuerza, como que uno va abandonando sus sueños poco a poco sin darse cuenta».
Sin embargo, una oportunidad surgió: una convocatoria del SENA en Mosquera (Cundinamarca) para un tecnólogo en Formulación de Proyectos, con la ventaja de ofrecer internado. Esto eliminaba los costos de arriendo y transporte, haciendo posible lo imposible. Se inscribió, pasó las pruebas y se mudó. Esa experiencia fue la chispa que encendió su ambición académica. «Estando en el SENA ya como que se me prendió la chispa y dije, ‘No, yo tengo que estudiar y tengo que estudiar como sea’».

Bogotá, las artesanías y la forja de una profesional
Al culminar su etapa en el SENA, regresó a Sibundoy justo a tiempo para encontrar una convocatoria de la Universidad Distrital en Bogotá. Animada por su madre, quien siempre le inculcó que «al final lo único que podemos tener es el estudio», se presentó y fue admitida.
La alegría del logro fue seguida por una angustia abrumadora. «Ahí sí fue la película para venir a Bogotá porque, pues, claro, allí si ya uno piensa, ‘Bueno, ¿dónde voy a vivir?’ Yo no tenía familiares acá en Bogotá, no conocía Bogotá».
La solución, una vez más, provino de sus raíces y del apoyo incondicional de su madre. Le preparó un equipaje atípico, lleno no de ropa, sino de esperanza tejida en hilos de colores: una gran cantidad de mochilas, llaveros, aretes y manillas. Con este capital cultural y económico, Sandra aterrizó en la inmensa capital.
Consiguió una pieza en Fontibón y convirtió las calles del centro, especialmente en La Candelaria, en su oficina y su sustento. «Pagué la universidad vendiendo artesanías», afirma con orgullo. Su habilidad para tejer también fue clave. «Cuando empecé a vender y la gente empezó a reconocerme, también me empezaban a pedir, pues, ya, digamos, aretes por docenas, manillas por docenas».
Su pequeño emprendimiento creció, y pronto se encontró surtiendo a otros artesanos de la zona. Así, entre los hilos de colores de su pueblo Kamëntšá y los libros de ciencias sociales, Sandra Chindoy no solo se sostuvo, sino que se graduó como Licenciada, sentando las bases profesionales de un liderazgo que ya había sido forjado en las calles, las asambleas y las luchas de su tierra natal.
Redacción Política Pluralidad Z.
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