
Las recientes apariciones públicas de Vicky Dávila vestida con atuendo indígena y ordeñando una vaca provocaron fuertes cuestionamientos en distintos sectores sociales y políticos. Las críticas señalan una estrategia de imagen que contrasta con su historial frente a los pueblos indígenas y el campesinado colombiano.
“El problema no es usar un traje tradicional ni ordeñar una vaca, el problema es hacerlo sin una trayectoria que lo respalde”, señalan las críticas que surgieron tras estas apariciones, al advertir una falta de coherencia entre el gesto simbólico y su recorrido público.

Un historial que contradice la escena
Durante años, Dávila construyó un discurso en el que los pueblos indígenas fueron presentados como un problema de orden público y sus movilizaciones como una amenaza.
En distintas ocasiones insinuó que la guardia indígena intimidaba y que la minga indígena incurría en acciones ilegales, incluyendo señalamientos de secuestros que nunca fueron comprobados. Hoy, ese pasado vuelve al debate frente a una imagen que busca proyectar cercanía con los mismos sectores que antes fueron estigmatizados.
“La misma que hoy se viste de indígena es la que antes encuadró estas luchas como una amenaza y no como una exigencia de derechos”, resumen las críticas. A esto se suma su silencio frente al abandono estatal, el despojo territorial y el asesinato de líderes indígenas.

Indígenas como imagen y no como sujetos políticos
Quienes cuestionan estas apariciones sostienen que nunca se vio a Dávila participando de manera seria en discusiones sobre autonomía indígena, consulta previa o protección de líderes sociales.
Tampoco hubo pronunciamientos contundentes frente a la concentración de la tierra ni frente a los intereses económicos que han afectado históricamente a los pueblos indígenas.
Para estos sectores, la identidad indígena aparece reducida a un símbolo emocional útil para construir imagen pública. “La identidad indígena no es utilería”, advierten, al señalar que la representación real implica ceder poder y enfrentar a las élites responsables de mantener la desigualdad territorial.
Te puede interesar: Bruce Mac Master revela por qué es imposible dialogar con Gustavo Petro.
Ordeñar una vaca no reemplaza una agenda agraria
La polémica también se extiende a la imagen de Dávila ordeñando una vaca. Para muchos, ese gesto no equivale a una defensa del campesinado. Recuerdan que Dávila nunca asumió una postura clara frente a la reforma agraria, la concentración de la tierra, los precios justos para el productor ni la soberanía alimentaria.
Tampoco defendió al campesinado frente a un modelo económico que, según múltiples diagnósticos, lo empobrece, lo endeuda y lo expulsa de sus territorios. En ese contexto, la escena rural es leída como una acción simbólica sin compromisos verificables ni propuestas concretas.
“La cultura campesina no es un decorado”, insisten las críticas, que subrayan que mostrar labores del campo no reemplaza la responsabilidad política de abordar las causas estructurales de la pobreza rural.
Lo ocurrido responde a una lógica política concreta: los pueblos indígenas y el campesinado aparecen en escena cuando resultan funcionales como símbolos emocionales en momentos clave del escenario electoral.
No cuando se trata de defender derechos, impulsar reformas estructurales o asumir posturas que incomodan al poder económico y político.
Estos gestos, realizados sin una agenda clara ni compromisos verificables sobre territorio, autonomía, consulta previa o protección de líderes sociales, configuran una forma de representación simbólica que prioriza la imagen sobre la transformación.
La utilización de identidades históricamente excluidas como recurso político refuerza una práctica ampliamente cuestionada: la hipocresía política.
Redacción Política Pluralidad Z.



