febrero 27, 2026, 10:10 am
Inicio Nación Moniquirá, donde la literatura, la historia y la naturaleza se encuentran

Moniquirá, donde la literatura, la historia y la naturaleza se encuentran

Moniquirá, por Daniel Mejía Lozano
Moniquirá, por Daniel Mejía Lozano.

Esta semana dedico mi columna a dos escritores que nacieron en Moniquirá y que se cruzaron en mi vida. Jairo Aníbal Niño, cuyas historias marcaron mi infancia, y Evelio Cabrejo Parra, quien desde París me enseñó a escuchar la literatura como un río que corre sin preguntar.

Pero no puedo escribir desde la distancia sin que Moniquirá tome el protagonismo en medio de este frío invierno, sus montañas verdes, los caminos de piedra que cantan bajo mis pies, los ríos que brillan como hilos de plata y la serranía El Peligro, guardiana de secretos que sólo un niño puede oír.

Moniquirá
Moniquirá. Foto: Alcaldía de Moniquirá.

Recuerdo mi infancia ahí, los olores de guayaba y café, el canto de los pájaros que parecía poesía viva, los festivales de verano, las noches estrelladas y a mi madre enseñándome a mirar y a sentir desde la magia de la naturaleza. Cada casa republicana, cada sombra, cada historia contada en la plaza o entre la selva virgen era un milagro cotidiano que enseñaba que lo extraordinario podía convivir con lo cotidiano, cuando se crece en un pequeño pueblo siempre vamos a ver el mundo de manera distinta, sorprendidos, pero sin dejar de ser naturales.

Mientras París permanece fría y silenciosa afuera, Moniquirá se despliega dentro de mí con toda su fuerza. Un lugar donde la memoria, la leyenda y la infancia se entrelazan, donde la magia habla sola, y donde escribir es devolverle a la vida la maravilla que me legaron mis maestros, como la profesora Estela, y hoy el Doctor Evelio Cabrejo Parra, hijo de este mismo suelo que me vio crecer.

Moniquirá, con sus calles de tierra roja y el olor dulce de la panela recién hecha flotando en el aire, era un pueblo que parecía detenido en el tiempo. Casas bajas de teja, puertas que crujían con el viento y plazas donde los niños corrían entre risas y gritos. En ese escenario de luz y silencio, Jairo Aníbal Niño tenía apenas siete años.

Su cabello oscuro estaba siempre revuelto y sus ojos grandes y brillantes parecían absorberlo todo, el rumor del río que atravesaba el pueblo, los pájaros que se cruzaban en el cielo, el movimiento pausado de los vecinos y sus historias susurradas. Cada gesto, cada sonido, cada sombra quedaba grabada en su memoria infantil, aún sin saber que años más tarde esa sensibilidad se transformaría en literatura.

A su lado estaba Evelio Cabrejo Parra, otro niño del mismo pueblo, silencioso pero observador, con la mirada atenta y un aire de concentración que lo hacía parecer mayor de lo que era. Recuerda claramente aquel día en que asesinaron a Jorge Eliécer Gaitán, cuando la noticia llegó hasta Moniquirá y al instante el país pareció desmoronarse. Evelio no sabía leer, y los campesinos, aterrados y curiosos, le pidieron que les contara lo que decían los periódicos. Tuvo que disimular, mover los labios, fingir dominio, mientras comprendía por instinto la magnitud de la tragedia que se desataba en Bogotá y que luego estallaría en el Bogotazo, dejando un país marcado por la violencia, el miedo y la confusión.

Jairo Anibal, aunque más pequeño, percibía todo de manera instintiva. Observaba el cambio en las caras de los adultos, la inquietud que corría por las calles polvorientas, los rumores que viajaban de casa en casa como un viento de desasosiego. A sus siete años, ya empezaba a entender que la vida podía romperse de golpe, que la muerte y la historia podían tocar incluso a quienes vivían lejos de la capital. La mirada de Jairo recogía cada detalle, cada gesto y cada sombra, sembrando la semilla de la imaginación y de la memoria que años más tarde lo convertiría en escritor.

Moniquirá, entonces, era un territorio de contrastes. La dulzura de la panela y la luz dorada sobre los cerros, la risa de los niños y la sombra de la tragedia que llegaba desde Bogotá. Allí, entre juegos y temores, entre ríos y callecitas polvorientas, Jairo y Evelio aprendieron que la palabra podía dar sentido al caos, que observar era una manera de comprender y que la literatura podía ser un refugio y un testimonio. El pueblo, con sus cerros y su tierra roja, fue testigo silencioso de aquel inicio, de cómo un niño de siete años empezaba a ver el mundo con ojos de escritor, y de cómo otro niño, Evelio, comenzaba a medir la fuerza de la palabra y de la memoria frente a la tragedia.

Moniquirá: memorias bajo las estrellas

Recuerdo Moniquirá como un lugar donde la realidad y la fantasía danzaban juntas, un pueblo que respiraba magia en cada piedra, en cada árbol del parque donde yo, niño curioso, escribía y pintaba, escuchando el canto de los pájaros mientras el viento traía aromas de guayaba, tierra húmeda y café recién molido. Las montañas verdes se alzaban como gigantes dormidos, y la serranía El Peligro en la cumbre se acercaba contra el cielo como un guardián de secretos antiguos.

Mi madre, profesora del Colegio Antonio Nariño, siempre es mi brújula. Me enseñó a leer, a escribir, a mirar el mundo con los ojos abiertos, y a sentir que la poesía podía brotar de cualquier rincón, de un río, de un balcón de hierro forjado, de los patios de las casas republicanas. Con ella aprendí que la paz y la libertad no se explican, se sienten. En el correr por los caminos de piedra para ir al alto del granadillo, en el chapoteo de la piscina en Comfaboy, en los juegos con los niños del barrio de los profesores, en la música de la guitarra que flotaba por las noches.

Pero Moniquirá no es solo mi infancia. Es un escenario de leyenda y misterio. En el Páramo de Mamapacha, especialmente en el cerro Doña Francisca, los abuelos contaban que vivía la poderosa Mamapacha, envuelta en túnicas bordadas y camisas de seda, con mantillas de flecos finos y alpargatas de fique, apoyada en su bastón dorado, rodeada de los mohanes, seres bajitos que cargaban plantas, animales y melodías imposibles de repetir. Durante las sequías, Mamapacha enviaba a los mohanes al pueblo a raptar a la doncella más hermosa, y donde caía su sangre brotaba agua pura. La laguna de Mundo Nuevo, la Colorada y Quigua.

Para mí, niño de ojos abiertos, esto no era terror, era magia que respiraba junto a nosotros, como el canto de un pájaro al amanecer, que podría ser un azulejo.

Por las noches, Moniquirá se transformaba en un escenario romántico y bohemio. Bajo el manto de estrellas, me recostaba en los caminos de piedra o en los patios del parque, y sentía que todo podía suceder. Las serenatas flotaban entre los árboles, guitarras y voces que hablaban de amores, de secretos, de nostalgia.

Las mujeres bellas caminaban con sonrisas que parecían versos de poesía, y las luces amarillas de las casas republicanas reflejaban el brillo de los ojos y de la luna. La brisa traía aromas de carne asada y dulces de guayaba, mezclándose con el perfume de las flores, y los ríos le susurraban a la selva virgen sus historias eternas.

Pasaban cosas absurdas, los toros desbocados corrían por las calles rumbo al matadero, el ballenato llegaba hasta el parque, todo se mezclaba en un instante de exaltación y maravilla, como si la realidad y la fantasía se abrazaran bajo la misma estrella. Los veranos enternecen el aire, y las tempestades que asustaban de día se convertían en música y poesía de noche.

Mi madre, las leyendas, los mohanes, la serranía, los festivales, los ríos y la selva virgen se entrelazaban con la poesía que escribía bajo los árboles, con los amores que nacían de la inocencia y con la magia que llenaba Moniquirá. La vida en este pueblo era como un cuento de Macondo. Lo extraordinario se confunde con lo cotidiano, y cada noche bajo las estrellas se vuelve un capítulo de eternidad, un recuerdo que no se olvida y un poema que se escribe solo con observar, la señora Elvira cuidaba su jardín, el cura que le decían Satanás, el rey que corría libre y la cotidianidad que congelaba una cultura entre chivas, campesinos y pueblerinos coloridos en el tiempo que se encontraban en el parque Santander en un mercado persa mientras la radio de Hit Stereo ambientaba la música que con caña y caldo solo traía recuerdos.

Moniquirá, creo que fue mi Macondo personal, mi escuela, mi poesía y mi libertad, mis libros, mi escritura. Allí aprendí que la infancia, la memoria, la leyenda y la bohemia se pueden abrazar y convertirse en la magia más verdadera, esa que permanece incluso cuando uno crece y mira desde lejos el verde infinito de las montañas, los ríos, los patios y los cielos llenos de estrellas, ahora acá en Francia, en este frío invierno, recordar me llena de calor de hogar.

Artículo de Opinión por Daniel Mejía Lozano.