Matarife 2 | Opinión

Opinión de la serie Matarife
Escrito por: Néstor Mauricio Niño Cuenza.

Nuevamente la tan esperada miniserie Matarife de Daniel Mendoza, se hizo manifiesta como una figura fantasmagórica, deslizándose como un vendaval de inmundicias por todos los vericuetos y fisuras de las capitales de Colombia, sacudió la vida en las alamedas y surcó las avenidas tímidas y azarosas por la realidad de la pandemia, agitando las banderas rojas del desprestigio del hambre sin estrato, sin apellido y sin color político.

Descendió hasta la decadencia de la historia, mostrando la iconografía oscura de los grandes genocidas del mundo, que desfilaron por la tierra cabalgando en sus dragones fantásticos, reflejados en las burbujas plateadas del champán, con sus ropillas impecables y sus uniformes simétricamente perfectos, pero sofocados por las medallas del dolor y la injusticia.

Todos absolutamente todos, rodeados de un comité de cortesanos que de manera perversa defendían el absolutismo y la dominación, la arbitrariedad y la imposición, por el mendrugo transitorio de la jactancia del poder.

Poco después, esta incisiva aparición nos recordó a la vetusta e inmemorial ciudad de Hamburgo, con su fermentado pasado junto al icónico Carlomagno con su pie sobre el león domado por la gloria y donde nació bajo la sombra de los abedules el gran jurista y penalista Claus Roxin; hombre laureado por las selectas academias y que pareciera simplificar con su lógica electiva, que un estado corrupto y criminal engendra la misma depravación que un maniático o asesino en serie; de hecho esta teoría jurídica se usó para juzgar al nazi Adolf Eichmann, reconocido arquitecto del holocausto, y en tiempos más inmediatos, fue un referente en el juicio sobre el coronel Plazas Vega por la toma del palacio de justicia.

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En su celeridad se internó por la cerradura de las puertas, sacudiendo con violencia el sonambulismo colectivo, mostrando al vanidoso Videla en el carnívoro Buenos Aires militarizado hasta los tuétanos, amedrentado entre el ultimátum castrense y horrorizado ante el llanto de las madres primigenias de la Plaza 6 de Mayo. “Los amigos del barrio pueden desaparecer, los cantores de radio pueden desaparecer, los que están en los diarios pueden desaparecer y la persona que amas puede desaparecer” dice la canción medular Los Dinosaurios, del genial compositor argentino Charly García, rasguñando las piedras en el austral escenario de la noche de los lápices.   

Después expuso el arrepentimiento petulante de los nazis en el juicio de Núremberg y su proterva convicción de que las víctimas eran seres inferiores y que solo hacían parte de una cadena de mando; vasta ironía que nos enseña que esta carrera demencial y terrorífica, ocurrió en una patria que concibió sensibilidades como Beethoven, Humboldt y Goethe, por lo tanto queda claro que no es un asunto exclusivo de los alemanes, ya que podría ocurrir en cualquier sociedad, que permitiese la corrupción del orden jurídico establecido.

Acto seguido apareció Hitler mimetizado en su endemoniada arenga, escondido en su severidad de férreo alemán y de patriota, señalando con rencor a su enemigo imaginario, a su víctima resignada, inerme, sin voz y sometida.

Casi al final del sigiloso capítulo, llega la cuestionada y desvencijada imagen del senador Álvaro Uribe Vélez, en su desteñida postura de emperador latino, con sus ojos llameantes e inquisidores, dejando la sensación de que lo escudriña todo; resurge del pasado una entrevista donde el expresidente eleva a condiciones sublimes los grupos de autodefensa convivir y como de una pesadilla, las rostros de campesinos aterrorizados y desplazados por la violencia, en medio de un contexto de humaredas, desolación y muerte.

También duelen intensamente las desgarradoras imágenes del humorista Jaime Garzón, sacrificado por las balas ordenadas por Carlos Castaño, pero un poco antes, un regordete Fabio Valencia Cossio, nos devela sus bromas de mal gusto ante este icónico personaje, dejando un sinsabor en la fatídica escena.

Con todo, Daniel en su reflexión libera una sentencia en un silencio que se puede escuchar y que cautiva las miradas de las víctimas, logrando que una gran nación que le sigue se pregunte: ¿Uribe sin disparar un fusil, sin doblegar a una víctima y sin asistir a los terribles escenarios de las masacres es culpable? ¿Al mismo nivel de otros genocidas tiene responsabilidades por crear políticas que facilitaban y alentaban a los aparatos estatales, a cometer los magnicidios contra la población vulnerable? ¿Su política antisubversiva fortaleció los ánimos y el accionar de los sanguinarios grupos paramilitares en este desgarrador conflicto? ¿Su discurso belicoso y denunciante, contribuyó con la fatal suerte de muchos colombianos que se atrevían a desafiar su autoridad?

Pues eso es lo que perseguimos los colombianos, que los organismos legales actúen y que de una vez por todas usen el material probatorio que tienen en sus manos, para definir si este controvertido y sombrío personaje de las arenas movedizas es culpable, o de lo contrario que lo absuelvan. Pero son cientos de acusaciones que la justicia a la velocidad de la preclusión no define y el país sigue cayendo en un abismo negro y sin fondo, que pareciera no tener final.

Debo agregar, que hoy antes de terminar este artículo, el reconocido periodista Daniel Coronell reveló en su columna titulada “El vuelo Fatal”, que la relación del senador Uribe con Israel Londoño Mejía no se limitó exclusivamente a la venta de un apartamento, sino que estando a la cabeza de la Aerocivil, firmó la autorización para que este hombre trajera a Colombia un helicóptero Bell 206, aeronave que tiempo después fue inmovilizada por estupefacientes. Israel Londoño Mejía es cuñado de los otrora tan mencionados narcotraficantes Ochoa Vásquez.

Con todo, Daniel Mendoza sigue merodeando entre el miedo y el peligro, inmerso en un estado donde el reclamo es un pecado de connotaciones muy graves y que amenaza con los siniestros del pasado. Lo acompañan una estampida de colombianos jóvenes, que hoy deciden asumir el desafío de rectificar la historia y ven en este abogado una oportunidad y una luz de esperanza ante tanta represión y desesperanza nacional.  

Ya es un héroe para muchos y un engendro para pocos, asintiendo que la popularidad del senador cae por un precipicio pantanoso y que su vejez ya lo condena al ineludible olvido.

Delator es un revolucionario de las letras menudas, un híbrido iluminado entre hippie y yupi, un estigma nuevo, un portal virtual de la protesta, un madrazo que quiebra cristales y un reclamo dimensional y justo, que se nutre del metabolismo de una joven sociedad que peleará por su futuro.

Hoy muchos diremos gracias Daniel Mendoza, gracias por tu sacrificio, por tu valentía y por esta lucha que se hizo colectiva, se hizo nuestra, ya está en nuestra sangre y vive en nuestro corazón delator.

Escrito por: Néstor Niño.