BOCANADA | Opinión

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paro estudiantil
El movimiento estudiantil se manifestaba cada semana, hasta que consiguieron una parte de sus exigencias.

Por: Juan Carlos Guzmán Pérez, estudiante de ingeniería civil, Voluntario de ACREES UniCartagena.

Rezan los manuales de estrategia que los líderes son servidores del pueblo, en consecuencia deben valorar de manera adecuada sus fuerzas, el estado de ánimo de sus liderados, saber cuándo es momento de luchar y cuándo es momento de reorganizarse, barajar y dar de nuevo, saber cuándo es fuerte y cuando es débil, de manera que sea capaz de guiar a su gente a la victoria.

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Es bien sabido que el histórico y exitoso movimiento estudiantil del año inmediatamente anterior se desarrolló bajo un contexto muy variable:

Finalizando el mes de septiembre en el panorama se vislumbraba que las Universidades Públicas no sabían cómo llegar a fin de año producto de una mala financiación de vieja data, los docentes veían duramente golpeados sus ingresos por causa de la reforma tributaria del año 2016 y, en general, toda la comunidad universitaria estaba siendo consciente de ello.

Con base a esto, recién iniciando octubre, la comunidad universitaria, particularmente los estudiantes, tomaron cartas en el asunto.

Y es así como germina el momento culmen del movimiento: El 10 de octubre cientos de miles de estudiantes llenaron las calles de dignidad, creatividad y patriotismo, exigiendo mejor financiación para la educación superior pública.

Paralelamente el panorama del Gobierno Nacional era lúgubre: el escándalo de los bonos Carrasquilla, el anuncio eufemístico de la ley de financiamiento, la imagen de Iván Duque en caída libre y en el horizonte próximo un nuevo estallido del escándalo de Odebrecht.

No cabía duda de que era un momento altamente favorable para el movimiento estudiantil, que además comenzaba a ganarse la simpatía de buena parte de la sociedad y la opinión pública.

Gracias a este contexto, y a la capacidad técnica y política del frente amplio por la educación superior, conseguimos un acuerdo histórico, que aunque lejos del ideal, representa un significativo avance y, de acuerdo a lo que indican las proyecciones, revertir la tendencia negativa en cuanto a financiación se refiere, con 5.85 billones de pesos que cubrirán diversos frentes como saneamiento de pasivos, inversión, CTeI, funcionamiento e infraestructura.

Además  este acuerdo nos permitirá discutir a mediano plazo asuntos medulares para la educación superior como lo son ICETEX y los artículos 86 y 87 de la ley 30 de 1992; pero sobre todas las cosas este acuerdo demuestra una vez más que luchar sí sirve.

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No fue una negociación fácil. Por la intransigencia del gobierno que se negaba a ceder, sino porque el ciclo final de la mesa de negociación se desarrolló en medio de una merma del movimiento, a comienzos del mes de diciembre:

Las movilizaciones no tenían la misma concurrencia que antes, la espuma de indignación con el Gobierno Nacional descendió un poco y el ambiente festivo permeó la conciencia colectiva.

Pero la capacidad de nuestros negociadores sumado a la presión de la opinión pública, hizo que el gobierno de Duque aceptara el acuerdo.

Fue un acuerdo histórico el cual debemos defender, y ser vigilantes de su complimiento.

Lo sensato ahora, es que el movimiento tome una bocanada de aire fresco,  se reagrupe y reactive sus fuerzas, porque debemos estar en permanente estado de alerta.

Regresar a la normalidad académica es, por tanto, una necesidad. Debemos hacer pedagogía sobre el contenido del acuerdo, y si el gobierno incumple, debemos movilizarnos de nuevo, con dignidad y sin vacilaciones, y a su vez siendo conscientes de que es menester respaldar decididamente al movimiento estudiantil en las discusiones para reformar el ICETEX y la ley 30.

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